Ernest Hemingway

Adios a las armas

Roberto Arlt

El juguete rabioso

Fiódor Dostoyevski

Crimen y castigo

Eduardo Galeano

Varias obras

Ernesto Sabato

El túnel

Fernando Pessoa

Apostilla

Clarice Lispector

Felicidad Clandestina

Italo Calvino

Las ciudades invisibles

Jorge Luis Borges

El informe de Brodie

Truman Capote

A sangre fría

Carson McCullers

El corazón es un cazador solitario

Edgard Allan Poe

El corazón delator

Ramón María del Valle-Inclán

Tirano Banderas

Cesar Vallejo

Los heraldos negros

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sábado, 11 de febrero de 2012

Antología Literaria

Por Leandro Diego

Veo a un tipo tirado atrás de mi cama. Pero es chiquito: está acostado, sujetado por finísimas sogas que, con el sol que se cuela entre las tablas de la persiana, parecen doradas. Me cuesta distinguirlo al principio; desde lejos parece más un insecto, un bicho, un escarabajo brillante, de ficción.
-         Lo condenaron a muerte por matar a una vieja. Parece que se arrepintió y confesó.- me dice sin mirarme otro tipo que, vestido de murciélago, se columpia en mi ventana.
Entonces, me apiado del hombrecito atado atrás de la cama; esperando la muerte, clavado en ese instante que es un preludio del final, en el que seguramente repite mentalmente una y otra vez la noche del crimen, intentando cambiar algo, algún pequeño detalle que haga que, al menos, en su cabeza, esa noche sea distinta, no pase lo que pasó. Para que no suceda, al menos una vez, lo que tenía que suceder. Como otro tipo que conocí, que se había obsesionado con volver a vivir una noche del carnaval del veintisiete para evitar un destino que hace más que cumplir. O como la devota madre que, para alargar la breve vida de su hijo profetizada por los oráculos, lo sumerge en un río mágico pero se olvida del talón. Como tantos otros que, aun conociendo la inutilidad de la empresa, se empeñan en revelarse ante voluntades superiores. No vale la pena mencionar más, es universal, es humano: todos los tipos, el tipo.
Tirado en la cama, viendo al condenado arrepentido, vuelvo a entender lo que entiendo todas las noches: que todo es en vano, que no hay escapatoria y que lo único puro ya se fue para siempre: la niñez. Y, antes de dormirme, como le pasó también a cierto muchacho que se rehusaba a crecer, me doy cuenta de que lo único que quiero, lo único bueno que se puede hacer, es ser el tipo que cuida a los niños que juegan entre el centeno.


Referencias:
·         Los viajes de Gulliver.
·         El escarabajo de oro.
·         Batman.
·         Crimen y Castigo.
·         Antes del fin.
·         El sueño de los héroes.
·         La Iliada (o los mitos griegos, en general: no recuerdo dónde se cuenta la historia de Tetis bañando a Aquiles en el río.
·         Todos los fuegos, el fuego.
·         El guardián entre el centeno.

Yo, lector

Por Leandro Diego

Sospecho que el hábito de la lectura empieza siempre, más o menos, de la misma manera: cierto placer, cierto aburrimiento del mundo, cierta necesidad de algo más. Al menos así empecé yo. Y, si bien aquellas primeras motivaciones persisten, ahora hay otras. Muchas otras. Porque en algún momento incierto, empecé a escribir. Y porque en otro momento más preciso (tres años atrás) decidí (o entendí) que la escritura sería la única actividad a la que le dedicaría, en forma constante, el resto de mi vida.
Y es de ese lector del que voy a hablar, porque ése es el lector que soy: el lector que escribe. Porque el acto de leer se convirtió en una herramienta de trabajo necesaria, inseparable de la escritura y, entonces, le fui perdiendo el respeto al libro, lo fui desacralizando.
Al principio con prolijidad y algo de culpa: subrayaba con regla y hacía mis anotaciones con lápiz. Para eso, necesitaba leer sentado, cómodo y, por eso, cuando no lo hacía en casa de mis padres, lo hacía en bares. Ahora leo en cualquier parte: colectivo, subte, plazas (donde más me gusta leer últimamente) y también bares, pero no los de antes, no los del centro: bares de noche, pubs, llenos de música y murmullos (que forman una especie de antisilencio que me permite, sorpresivamente, una mayor concentración). Y ya no hay prolijidad ni culpa para con el libro: lo subrayo, lo escribo, resalto párrafos (algunos, incluso, los transcribo para sentir, al menos, el acto físico de escribir alguna genialidad) y ejerzo cierta simbología que, con el tiempo, se hizo impenetrable para otro que no sea yo. Porque, como cuando estudiaba para el secundario, las marcas y subrayados me permiten recordar cosas con mayor facilidad: mi memoria es, ante todo, visual.
Leer es una de mis mayores obsesiones porque siempre creo estar leyendo poco. Para tener algo de que agarrarme cuando me corre el fantasma de la falta de lectura, hace tiempo, resolví fechar los libros según el mes y el año en que los leo y así llevar una estadística de las lecturas mensuales. No tiene sentido, pero lo hago. Por eso me siento, ante todo, un lector deudor. Luego, un lector de cuentos. Porque escribo cuentos. Y a eso me vengo dedicando aunque voy intercalando novelas y libros de historia o filosofía (en ese orden de importancia numérica).
Ya no sólo leo lo que me gusta: suelo obligarme a leer ciertos libros que tal vez, como lector, no leería pero que, como escritor, debo leer. Y, con el tiempo, sucede que, en realidad, todo me termina resultando, al menos, útil. Después de leer un libro, es probable que no me termine gustando; lo que no es tan probable es que no me haya servido para nada: algún recurso, la forma de titular, alguna escena memorable. Algo siempre hay. Cervantes decía que no hay libro tan malo que no tenga algo bueno y Wilde decía que  no hay libros malos; lo que hay son malos lectores. Antes, con todos mis prejuicios de adolescente y la arrogancia sentenciosa de periodista (me recibí en 2009), no creía en eso. Necesitaba estar en contra de algo.
Ahora, no. La literatura me volvió un lector (y un hombre) más libre.